Departamento de Investigaciones de Trabajo Social -DITSO-

Centro Universitario de Occidente

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Economía solidaria como alternativa para la vida.

En tiempos de crisis, la economía solidaria como alternativa para la vida.


Rolando Alonzo Gutiérrez[1].

 

Abstract

La crisis actual se caracteriza por la profundización de la misma a causa del coronavirus, y muestra lo obsoleto del modo de producción capitalista, ante el cual se erige como alternativa la economía solidaria caracterizada como un nuevo modo de producción comprometido con la vida en sus múltiples manifestaciones.  Se describe y analiza los principales conceptos y mecanismos de la economía solidaria, articulando con algunos elementos del contexto local y regional del Occidente guatemalteco, con el objetivo de analizar las posibilidades reales de impulsar cooperativamente cambios y transformaciones desde el impulso de iniciativas de redes de colaboración solidarias. 

Palabras claves: Crisis, coronavirus, economía solidaria, vida. 

1.      Introducción.  Crisis, coronavirus y mayor desigualdad. 

La crisis que trae el COVID19, no ha hecho más que alimentar las crisis ecológica, económica, social, política y cultural que ha caracterizado al capitalismo en los últimos años.  El modo de producción capitalista se estructura a partir de la exclusión social, la explotación del hombre por el hombre y el saqueo de la naturaleza.  En la economía de mercado capitalista, buena parte de trabajadores en el mundo, están desposeídos y nos les ya queda nada por vender, ni siquiera su fuerza de trabajo.  Son marginados, expulsados y rechazados como pobres (concepto de aporofobia de Cortina, 2017).

A nivel mundial se agudizan las contradicciones, desigualdades y niveles pobreza y pobreza extrema.  Según Oxfam (2019), la riqueza está cada vez más concentrada en menos manos: en 2018, 26 personas poseen la misma riqueza que 3,800 millones de personas, la mitad más pobre de la humanidad; en 2017, esta cifra era de 43 personas.  Para el caso guatemalteco, la pobreza en el 2014 llegó al 59.3% (ENCOVI, 2016).  Por su parte, la desigualdad fue creciente, para el mismo año se estimó en 55.9% medido por el coeficiente de GINI (INE, 2016), por lo tanto, se considera a Guatemala como el quinto país más desigual de Latinoamérica.  Con la crisis actual la pobreza y desigualdad crecerán aún más.

Bajo estas condiciones, a la sociedad guatemalteca le llueve sobre mojado, porque padeciendo aun la crisis político-institucional que viene del 2015, más la crisis económica mundial de 2008, cae esta pandemia mundial del coronavirus, la cual desnuda la gran debilidad del Estado en materia de salud, pero muestra también el mantenimiento de la cooptación del Estado por la clase política corrupta y la élite económica que con el actual modelo de desarrollo económico produce pobreza y desigualdad social. Muestra de ello, es el plan de reactivación económica que contemplan, en su mayoría, acciones desvinculadas de las necesidades de la actual emergencia (Coyoy, 2020), aunque hay un apartado para la pequeñas empresas mediante créditos, sin embargo, éstos están fuera del alcance de nuestra gente que vive el día a día.  Esto deja clara que para la clase política, el gobierno y la élite económica no le importa la vida de la gente, la vida del pueblo. Mientras ellos se recetan presupuestos millonarios, el pueblo trabajador sale a las calles a ganarse la vida.

¿Cómo salir de estos mecanismos y estructuras de exclusión económica y social? ¿Cómo activar y reactivar la economía local de pequeños productores de diversos sectores, a fin que satisfagan sus necesidades fundamentales? ¿Cómo resistir la crisis mediante el aseguramiento de los activos de pequeños productores rurales y urbanos orientados a mantener una vida sustentable? ¿Dónde y cómo sobrevivir ante la estructura hegemónica opresora que ante las crisis resiste, y que al parecer la renuevan?  Los conceptos y mecanismos de la economía solidaria son potenciales para dar respuesta a estas preguntas y muestran un camino alternativo para impulsar otra economía desde nuestra realidad. Una nueva forma de hacer economía, una economía solidaria con la humanidad y con la naturaleza. 



[1] Economista y maestro en administración pública por la Universidad de San Carlos de Guatemala. Doctorante en pensamiento complejo por la Multiversidad Edgar Morin, México.  Actualmente profesor-investigador del departamento de investigación de la Carrera de Trabajo Social, CUNOC-USAC.

 

  2. La economía solidaria como alternativa actual.

En la actual crisis se han pronunciado voces e imágenes, en las redes sociales, a favor de la economía informal, clamando por la solidaridad. Ciertamente la solidaridad con personas del sector informal es imprescindible, pero muy poco se logra, desde acciones esporádicas, individuales y sin una conciencia y más sin un enfoque que integra teoría, principios, mecanismos y experiencias ya avanzadas.

Ante la economía capitalista de los grandes empresarios, empresas trasnacionales y empresas extractivistas que tiene de fondo el pensamiento económico neoliberal que su finalidad es la ganancia a costa de la explotación de la naturaleza y del hombre, se erige como alternativa la economía solidaria, que es solidaria con el productor, el consumidor y sobre todo con la naturaleza. Su finalidad es la producción y reproducción de la vida en su integralidad.

Hay desarrollos teóricos (Mance, 2008; Razeto, 1999) y experiencias concretas de economía solidaria en todo el mundo. Lo que muestran estas experiencias es que como consumidores organizados en células de consumo podemos tomar la iniciativa de consumir productos naturales, orgánicos, producidos por productores marginales o informales, que promuevan relaciones de producción para la sustentabilidad de la vida. Los productores a su vez, puede organizar células de producción que puede mejorar su nivel y calidad de producción. Está bien comprarle a la persona que vive al día, pero esta crisis interpela nuestra conciencia y abre nuestros ojos hacia nuevas formas de economía, la economía solidaria.

Desde la economía solidaria la posibilidad de la vida misma, se plantea mediante la construcción de otro modo de producción, un modo de producción solidario con y para el ser humano y la naturaleza.  En el modo de producción solidario, el marginado y  excluido, el que anda en la calle sin esperanza, tiene cabida, se incorpora según sus cualidades humanas.   Los principios y valores que orientan la economía solidaria son: la justicia social, la equidad, la libertad, la fraternidad y la comunidad (Razeto, 1999).  En síntesis es un compromiso ético por la vida.

De esta cuenta, si dentro de la economía capitalista, el dinero (considerado como un Dios) es un bien escaso para la mayoría de la gente, en la economía solidaria la solución práctica es utilizar la moneda social y el trueque en los mercados solidarios, además, otras experiencias de solidaridad son el comercio justo, la autogestión de empresas, iniciativas cooperativas, reciclaje de  desechos, etcétera.

El modo de producción solidario, integra los momentos de producción, distribución, intercambio y consumo, desde el consumo de la gente, determinadas a partir de las necesidades fundamentales para la vida, y no de las necesidades de la acumulación de ganancias de los capitalistas.  Son las necesidades fundamentales (individuales y colectivas) de ser, tener, hacer y estar, que vinculadas con nuestra subsistencia, protección, afecto, entendimiento, participación, ocio, creación, identidad y libertad (Max-Neef, Elizalde y Hopenhayn, 1986), nos plantea una diversidad de satisfactores y productos tangibles e intangibles que actualmente el modo de producción capitalista los niega y ni siquiera le interesa la subsistencia física de las personas. 

Como nuevo modo de producción, la economía solidaria no desdeña la tecnología, la ciencia, la innovación, la publicidad, las cadenas de valor,  la calidad, la informática, etcétera, que se han desarrollado en el marco del modo de producción capitalista, sino, se consideran herramientas útiles bajo la perspectiva de la sustentabilidad de la vida humana y natural, donde importa no solo la economía, sino, la cultura, la ecología y la sociedad en toda su complejidad.  Estas herramientas desde la perspectiva solidaria, significa liberar las fuerzas productivas de las relaciones de producción capitalista, y ponerlas al servicio del mantenimiento de la vida. 

 

1.      El consumo alienante y forzoso.

Una de las enseñanzas que está dejando el confinamiento por el coronavirus, es que podemos reducir los niveles de consumo de cosas no esenciales para la vida y, lo más importante, otros modos diferentes de consumir para vivir, lo que nos lleva a analizar propuestas novedosas como el decrecimiento (Latouche, 2013; Ávila-Calero y Pérez-Rincón, 2018;  Taibo, 2011).  Esto es alentador ante las exigencias de crecimiento económico que impone el modelo de desarrollo neoliberal y locura de extraer hasta la última gota de los recursos naturales del mundo.   

Por su parte, la economía solidaria se basa en un consumo solidario, donde se dejan de consumir cosas innecesarias que dañan al ambiente y a nosotros como personas. El consumo solidario requiere dejar el consumo alienante y el consumo forzoso. El consumo alienante es el que se práctica en la actual sociedad capitalista (reforzado a diario en los medios de comunicación) y que nos hace presos de nuestros deseos, anhelos, sueños, miedos y necesidades (Mance, 2008). Es un consumo competitivo, donde nos comparamos de quien tiene el mejor (y de marca) pantalón, carro, bolso, tenis, playera, celular, computadora, etc., y si no tenemos esas cosas, nos sentimos inferiores, frustrados, y angustiados. Ese tipo de mercancías nos tienen atrapados, son cosas mágicas que nos hechizan para seguirlas consumiendo. Agravado ahora por la corta vida útil que tienen estos artefactos, cada día salen nuevos modelos, y tenemos que estar a la moda para ser competitivos, si no, no valemos. Son mercancías que priorizan su valor de cambio, y quien no tiene dinero no puede acceder a ellos. El consumo alienante es fundamental en el proyecto neoliberal-global de la sociedad capitalista de hoy.

Por otra parte, el consumo forzoso se da con las personas de escasos recursos económicos, que se ven obligados a consumir productos de baja calidad, producidas para acumular riqueza, la comida chatarra es un ejemplo de ello, los productos sintéticos, la sodas, etc., que no aportan nada a nuestra nutrición y en nuestro medio, la ropa de paca es parte también de este consumo forzoso. Atrás está quedando la producción artesanal, los productos de pequeñas industrias de ropa y calzado, muebles, etc., tanto local como regional, que da trabajo a nuestra gente. Esta crisis, es una oportunidad para empezar a practicar el consumo solidario desde nuestras posibilidades y desde otra manera de ver la economía. 

 

2.      El consumo solidario.

En una videoconferencia reciente Carlos Maldonado (2020), planteaba en relación al coronavirus, que nuestro cuerpo como seres humanos contiene un 90% de bacterias y que no habíamos comprendido su importancia en la trama de la vida; un 99% de estas bacterias, que afectan a los seres humanos, tienen un origen zoonóctico (animal) resultado de la convivencia con los animales, y que en vez de hablar de evolución, hemos coevolucionado con gérmenes, bacterias y virus.  Esto me recuerda a Margulis (2002, 2003) que ha investigado esta coevolución (su campo de estudio es la simbiogénesis), además de competencia por selección natural (Darwin), en la naturaleza se observa una gran solidaridad entre las especies, incluidas el humano. 

Si en la naturaleza la vida transcurre por y en esta solidaridad, en la vida social nos han impuesto ideas, estructuras e instituciones que nos han llevado al individualismo, competencia y al consumo depredador de bienes naturales, haciendo insostenible el modelo de desarrollo actual.  Frente a este consumo, que en la segunda parte, planteamos que era alienante y forzoso, está el consumo solidario. 

El consumo solidario se da, cuando decidimos “consumir un producto que posee las mismas cualidades que los similares –siendo o no un poco más caro- o un producto que tenga una calidad un poco inferior a los similares –aunque sea también un poco más barato-, con la finalidad directa o indirecta de promover el bien vivir de la colectividad (mantener empleos, reducir jornadas de trabajo, preservar ecosistemas, garantizar servicios públicos no-estatales, eliminar la explotación del hombre por el hombre, etcétera)” (Mance, 2008, pág. 43).

El consumo solidario promueve productos y cosas, desde su utilidad para la vida, desde su valor de uso y no su valor de cambio (Marx, 1986).  En esta perspectiva, los productos pueden tener larga vida y satisfacer nuestras necesidades fundamentales, se pueden reparar, reusar, reconvertir, etcétera, extraemos de la naturaleza lo necesario para nuestra vida, contrario a la lógica neoliberal, enloquecida por la competencia, promueve productos desechables que con la finalidad de ganar más dinero en el mercado capitalista, asfixia a nuestro plantea con desechos. 

Vinculado al consumo solidario, está la colaboración solidaria “que es una actitud ética que orienta nuestra vida y una posición política ante la sociedad a la que pertenecemos.  Éticamente se trata de promover el bienvivir de cada uno en particular y de todos en conjunto y políticamente, de promover transformaciones en la sociedad con este mismo fin” (ídem, pág. 33)  El consumo solidario, nos vincula a la vez, a una producción, distribución e intercambio solidario, formando los momentos fundamentales de una economía social y solidaria, no fincada en las ganancias y explotación del hombre y de la naturaleza, sino, en la reproducción de la vida en todos sus sentidos.

La crisis económica, social, política, ambiental y cultural (crisis civilizatoria), que ha puesto aún más de manifiesto el COVID19, ha sido un proceso unido al modelo de anti vida del capitalismo y su política neoliberal globalizadora empobrecedora y generadora de desigualdad, ante ello la solidaridad con la vida, es el camino que nos queda.

  

3.      Las redes de colaboración solidaria.

La solidaridad que requiere la defensa y reproducción de la vida en todas sus manifestaciones, en tiempos de crisis, se concreta en mecanismos e instancias vinculadas a la realidad de las personas que tratan de sobrevivir día a día.  Así como el capitalismo tiene sus circuitos económicos y los mecanismos de la oferta y demanda, los precios, el mercado, etcétera, la economía solidaria se basa en las redes, tanto virtuales como sociales.  Las redes virtuales (Facebook, twiter, what sapp, zoom, meet, google drive, colaboratte, en otras), han demostrado hoy, su potencial en cuanto a intercambio de información, espacios de formación, avisos y noticias inmediatas, etcétera, pero las redes sociales tradicionales son fundamentales como mecanismo para el fomento de la economía solidaria.

Una red puede entenderse como “una articulación entre diversas unidades que, a través de ciertas conexiones, intercambian elementos entre sí, con lo cual se fortalecen recíprocamente y se pueden multiplicar en nuevas unidades.  A su vez, dichas unidades fortalecen todo el conjunto en la medida en que éste las fortalece, permitiéndole expandirse en nuevas unidades o mantenerse en equilibrio sustentable (Mance, 2008, pág. 38).  Así las unidades (o nódulos) de la red pueden ser organizaciones, personas, empresas, cooperativas, entidades académicas, etcétera, comprometidas con el fomento de la economía solidaria.  La red se caracteriza por ser un sistema abierto, es decir, que recibe energía del entorno y se auto reproduce.  

            Cada unidad de la red puede alcanzar e incluir un número mayor de personas en el lugar donde actúa (principio de intensividad), pero también en otros lugares o territorios, es decir se puede expandir (principio de extensividad).  En la red y sus hilos (flujos) puede integrar intercambios de productos, información y/o servicios de diversas organizaciones, ONG, organización popular, cooperativas, asociaciones, grupos, movimientos (principio de diversidad).  La red puede asumir objetivos de los integrantes de la misma, es decir, cada unidad puede apoyar las luchas de grupos, organizaciones, territorios, reivindicaciones, etcétera (principio de integralidad).  Y finalmente, con cada acción que impulsa la red, a través de sus nódulos y sus articulaciones, surgen nuevas acciones que conforman nuevas unidades y relaciones, fortaleciendo a la propia red (principio de realimentación) (Mance, 2008, págs. 37-39).

            Lo anterior constituye parte del núcleo teórico, para el entendimiento de las redes y sus principios desde un enfoque de la complejidad como lo plantea Euclides Mance.   En la realidad (local y regional desde el territorio de los altos del occidente de Guatemala) se observa mucho potencial para fomentar la constitución de redes de economía solidaria.  Posterior a la firma de los Acuerdos de Paz, se ha venido fortaleciendo el tejido organizacional de la región en mención, por el trabajo de ONG, Cooperación, Movimientos, etcétera, esto dio como resultado el surgimiento de una gran cantidad de organizaciones a nivel local como asociaciones, cooperativas, grupos, COCODES, movimientos, redes de migrantes, etcétera, que han incursionado en diversas actividades como sociales, económicas, ambientales, culturales, deportivas. 

En la dimensión económica, se observa el surgimiento de una gran diversidad de iniciativas agrícolas que integran a pequeños productores minifundistas, que se han organizado para emprender mejoras en producción, comercialización y acceso a nuevos mercados.  Sin embargo, son poquitos los que han conseguido conectarse a cadenas de valor dinámicas, la gran mayoría sigue en una economía de subsistencia y/o subordinadas en cadenas de valor donde las grandes empresas comercializadoras se quedan con el mayor beneficio.  Muchas de esas iniciativas han sido impulsadas bajo el enfoque del desarrollo local o desarrollo económico local, que han tenido buenas intenciones, sin embargo, estos enfoques y sus prácticas se han topado con obstáculos del mercado capitalista impuestos por las grandes empresas que mantienen la hegemonía económica, mediante incluso mecanismos políticos de cooptación del mismo Estado. 

Si antes de la actual crisis del COVID19, muchas de estas iniciativas de pequeños productores rurales y urbanos de toda la región se enfrentaban a mecanismos y estructuras económicos-empresariales que les limitaban su desarrollo, ahora se observa que la crisis está generando mayor desempleo, baja en la producción, marginación, discriminación y mayor pobreza. 

 

4.      Una estrategia local para la construcción de la economía solidaria.

El impulso de la economía solidaria, es desde abajo y por personas y organizaciones comprometidas con la vida en su integralidad.  Mediante el andamiaje de redes de colaboración solidaria van articulando células de consumo con células de producción, servicio y distribución.  Son diversos los caminos (Razeto, 1999) por donde se empieza a construir la economía solidaria.  Para el contexto local y regional del Occidente de Guatemala, un camino se constituye por los grupos o asociaciones de universitarios conscientes que mediante células (de 20 personas al menos) se organizan y planifican su consumo comprándoles productos a pequeños productores locales o regionales empobrecidos, con la condición de establecer relaciones de producción y de vida de la economía solidaria; esto desata un efecto demostrativo para otros grupos, organizaciones o entidades que con sus acciones van multiplicando y diversificando las redes de consumo, producción e intercambio solidario. 

Las condiciones para ello existen, por un lado, los pequeños productores urbanos y rurales, por el otro, grupos de consumidores urbanos, que intermediadas y apoyadas por ONG, Cooperativas, Asociaciones, Fundaciones, entidades académicas, (SERJUS, CEIPA, COMPASSION, CARITAS, CDRO, AFOPADI, CUNOC, URL, FLACSO, RED CUCHUBAL, entre otras), es posible conformar una plataforma local/regional que promueva el enfoque y mecanismos de la economía solidaria de forma inteligente, innovadora y colectiva (sería una red de redes solidarias). 

Otros caminos han sido los proyectos y reivindicaciones de pueblos indígenas, comunidades de autogobierno indígena, comunidades de producción y turismo sustentable (complejos productivos multisectoriales), redes de comercio justo, procesos en marcha de desarrollo territorial y desarrollo económico local, el trabajo cristiano de pastoral de la iglesia católica e iglesias evangélicas. Éstas últimas han crecido muchísimo en la región, su labor de hermandad, amor al prójimo y solidaridad entre personas, y la conformación de redes juveniles ofrecen gran potencial para el fomento de la economía solidaria.  Un ejemplo de ello ha sido el curso desarrollado conjuntamente entre FLACSO unidad académica Quetzaltenango y COMPASSION, sobre desarrollo endógeno y economía solidaria, donde representantes de diversas iglesias a nivel ocal y regional participaron y expusieron avances y proyectos en este camino, donde se observa un buen potencial. 

Sin embargo, esta labor de las iglesias aún falta traducirse en un compromiso ético serio por la vida, demostrando en la práctica el impulso de iniciativas solidarias de redes de consumo y producción que transformen las condiciones materiales  de su feligresía para que estén en sintonía con su avance espiritual, principalmente a la población joven, para conjuntamente con otras entidades, se encaminen a construir un nuevo mundo solidario y sustentable para la vida en sus múltiples dimensiones. 

 

5.      Conclusión.

La crisis actual nos pone nuevamente a prueba como instituciones que conocemos las localidades y región, tenemos algunos recursos, compartimos ideales y principios,  necesarios para emprender un proceso realmente de cambio y transformación social teniendo como sujetos a las poblaciones más marginadas y excluidas del sistema económico actual, ¿Seremos capaces ahora de empezar a construir juntos un nuevo modo de producción solidario y sustentable para la vida?  La situación nos reta y el compromiso nos invita.

               

6.      Referencias bibliográficas

 

Ávila-Calero, Sofía, y Pérez-Rincón, Mario (2018). Decrecimiento: un vocabulario para una nueva era. México: Icaria editorial y Fundación Heinrich Boell.

Cortina, Adela (2017).  Aporofobia, el rechazo al pobre.  Un desafío para la democracia.  España: Paidós.

Coyoy, Erick (2020).  Un plan de reactivación económica desenfocado.  Disponible en: https://www.plazapublica.com.gt/content/un-plan-de-reactivacion-economica-desenfocado

INE (2016).  Encuesta nacional de condiciones de vida.  Guatemala: INE.

Latouche, Serge (2013). Salir de la sociedad de consumo. Voces y vías del decrecimiento. Barcelona, España: Ediciones Octaedro.

Maldonado, Carlos (2020). Comprendiendo la complejidad del coronavirus.  Disponible en: youtube.com/watcn?v=vi415nvBD8E

Mance, Eduardo (2008).  La revolución de la redes.  La colaboración solidaria como una alternativa pos-capitalista a la globalización actual. México: CoEditores.

Margullis, Lynn (2002).  Planeta simbiótico.  Un nuevo punto de vista sobre la evolución.  España: Debate.

Margullis, Lynn y Sagan, Dorion  (2003).  Captando genomas.  Una teoría sobre el origen de las especies.  España: Kairós.

Max-Neef, Manfred, Elizalde, Antonio, y Hopenhayn, Martin (1986).  Desarrollo a escala humana.  Una opción para el futuro.  Suecia: Motala.

Marx, Karl (1986).  El capital.  Crítica de la economía política.  México: FCE.

OXFAM (2019).  ¿Bienestar público o beneficio privado?  Disponible en: www.oxfam.org

Razeto, Luis.  La economía de solidaridad: concepto, realidad y proyecto.  Revista Persona y Sociedad, Volumen XIII, Nº 2 Agosto de 1999, Santiago de Chile.

Taibo, Carlos (2011). En defensa del decrecimiento.  Sobre crisis, capitalismo y barbarie.  México: Catarata.


Publicado en: "Articulos" desde el 22-11-2020

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